Peliculerismos cotidianos. Vol.1: La furia de un hombre tranquilo

Si habéis leído la sección Sobre mí, ya sabréis que tengo como mascota a un travieso bodeguero andaluz llamado Floyd. 

Floyd

Floyd relamiéndose en la playa ante la visión de algún tipo de comida.

Hasta hace poco, mis paseos por el monte junto a él acostumbraban a ser uno de los momentos del día más agradables para ambos, pero en los últimos meses, desafortunadamente, las cosas han empezado a cambiar de manera muy dramática gracias a la proliferación descontrolada de tres de las peores plagas del mundo moderno: los runners vigoréxicos y sudorosos, los MAMILS hipervitaminados con escasa visión periférica y los individuos pelmas aficionados a estallar en gritos a la prusiana cada vez que algo no encaja con su distorsionada visión de la realidad.

Dentro de este tercer grupo destaca por méritos propios un perfil si cabe más molesto: señoras dueñas de perros de pequeño tamaño, por lo general chihuahuas, caniches o pequineses (lo que vulgarmente se conoce como perros «comecoños», vaya), que alzan a sus animales en brazos cuando algún otro se les acerca para saludar,  hiperventilan con histerismo al ver que los perros del prójimo se ponen a saltar debido a ello,  y luego, cuál Yahvé ordenándole a Moisés en el Sinaí que se atenga a las tablas de la ley, exigen a los dueños de esos perros que los aten de inmediato bajo la amenaza siempre altisonante de invocar a la policía a lo Final Fantasy.

Un típico ejemplar de la especie «vulvusmanducator familiaris», que ya os podéis imaginar lo que significa en lenguaje menos científico.

Pues bien, una de estas irritantes señoras ha tenido hoy la mala fortuna de toparse con Floyd y conmigo durante nuestro paseo matutino.

La trifulca que mantuve con ella fue como mínimo peliaguda, pero dado que al final todo se resolvió en favor de mis intereses de una manera bastante peliculera, se me ha ocurrido inaugurar una nueva sección en el blog dedicada precisamente a glosar (y promover entre quienes tengáis a bien leerme) el recurso a este tipo de escenas más propias del séptimo arte que de la vida real en nuestras rutinas diarias.

Su nombre, como es lógico, «peliculerismos cotidianos».

En el episodio de hoy os contaré lo que ocurrió con la señora en cuestión. Eso sí, lo haré en formato de guion cinematográfico para que la cosa no pierda su componente bigger than life.

Dentro video:

FUNDIDO DE APERTURA:

SEC. 1 EXT. DÍA –CAMINO RURAL

G. G. Velasco (o sea, yo), camina con su perro Floyd, un afable bodeguero andaluz de cinco años, a lo largo de una senda rural muy alejada del núcleo de población más cercano, bajo un radiante sol veraniego.

El perro va suelto, olisqueando la vegetación y marcando los árboles y las piedras con sus inofensivos chorritos de orina mientras G. G. escucha el último disco de Nick Cave a  través de los auriculares de su teléfono móvil.

De pronto, una SEÑORA CON GAFAS DE SOL Y VISERA, acompañada por un SEÑOR unos diez años más joven que ella y un CANICHE CON LACITO ROSA EN LA CABEZA aparece en mitad del camino en sentido contrario.

G. G. , que iba ensimismado pensando en sus miserias literarias, empieza a escuchar unos chillidos  y levanta la cabeza para averiguar qué ha pasado. Su desconcierto es evidente al descubrir que la señora sostiene al caniche en el regazo, tratando de evitar que Floyd se le acerque, en tanto que el hombre que la acompaña se interpone entre ambos, con los brazos y las piernas desplegados como Chris Pratt en Jurassic World, en un intento bastante chorras de proteger al caniche del temible bodeguero.

¿Velociraptors? ¡Así cualquiera! Quisiera yo verte enfrentándote a un letal bodeguero andaluz, Chris Pratt…

SEÑORA

¡Los perros tienen que estar atados!

G. G. suspira con fastidio ante lo ridículo de la situación, se pasa la mano por la frente para limpiarse el sudor y trata aun así de no perder la compostura.

 G. G.

Estamos en el campo, señora.

SEÑORA

¡Hay que llevarlos atados igualmente!

G. G.

Mi perro no hace daño a nadie, solo está saludando.

La señora mira a Floyd, que logra sortear al esbozo de Chris Pratt  y brinca alegremente hacia su regazo tratando en vano de llegar hasta el otro perro.

SEÑORA

¡A mí no me parece eso!

G. G.

 Si dejara a su perro en el suelo el mío no saltaría.

                                                                                        SEÑORA

 ¡O lo atas o llamo a la policía!

El señor da un paso hacia delante y observa a G. G. en actitud intimidatoria. Este último, molesto por la deriva  de los acontecimientos, no logra evitar que se le note un poco su contrariedad.

G. G.

No es de muy buena educación ir dando órdenes a la

gente sobre lo que debe o no debe hacer. Y menos a gritos.

SEÑORA

   ¡Los perros tienen que ir atados! ¡Es la ley!

G. G.

Y algunos humanos también, por lo que parece.

El señor amenaza con pasar a la acción, pero la mujer se lo impide en el último momento con un ademán seco. Floyd da otro brinco. La señora pisa con fuerza el suelo para asustarlo mientras el caniche se revuelve en su regazo como abochornado por su comportamiento.

                                                                                        SEÑORA

¡No lo repetiré más veces! ¡Átalo o llamo ahora mismo!

G. G., en lugar de dejarse intimidar por la bravata, esboza una sonrisa ladina, como si acabara de tener una idea.

De seguir las cosas así, Will Smith no será el único que tendrá que salir a pasear al perro de esa guisa…

G. G.

Hagamos una cosa. Si me deja su teléfono, yo mismo llamo

y doy parte de todo.

SEÑORA

¿Es una broma?

G. G

En absoluto.

La señora y el señor se consultan el uno al otro con la mirada, descolocados por la propuesta de G. G.

SEÑORA

(fingiendo calma)

Con que lo ates es suficiente.

G. G.

Preferiría que llamara. Es la ley, ¿recuerda?

SEÑORA

No lo dices en serio.

G. G.

Claro que lo digo en serio.            

SEÑORA

¿Y por qué con mi teléfono?

G. G.

Porque lo único más raro que autodenunciarme  sería

hacerlo desde el mío.

Como si la explicación hubiera sido de su agrado, la señora mete la mano en el bolsillo y entrega el aparato a G.G.

SEÑORA

Está bien…

G. G. coge el teléfono y marca un número. Conforme aguarda a que se escuche el tono de llamada, Floyd da otro par de saltos. La señora sigue bastante alterada, pero parece tener más curiosidad por ver si G. G. realmente se atreve a llamar que por seguir liándola parda, así que ignora momentáneamente al perro.

La señora y G. G. entrecruzan una mirada muy tensa hasta que una siniestra melodía, en concreto la de la intro de la serie Strangers Things, comienza a resonar con fuerza por el lugar.

¡¡Es el TONO DE LLAMADA del teléfono de G. G.!!

Este, para sorpresa de todos, desliza tranquilamente la mano al interior del bolsillo, saca el terminal y rechaza SU PROPIA LLAMADA. Luego le devuelve el teléfono a la señora y arruga el sobrecejo esforzándose por poner cara de Bruce Willis en El último boy scout.

G. G.      

(tras lanzar un escupitajo al camino)

Aquí no hay más ley que la mía, señora. Y mi ley dice bien claro

que está usted tarada y que no tiene razón ni la tendrá nunca.  Ahora,

si me hace el favor, quítese de en medio y deje a ese comecoños

en el suelo de una maldita vez.

G. G. aparta al señor de su camino, lanza un silbido para que Floyd le siga y, por último, desaparece en la lejanía junto al perro, satisfecho por la victoria, mientras la señora y el señor se quedan solos y perplejos en mitad del camino sin saber qué decir o cómo reaccionar.

                                                                                      FUNDIDO DE CIERRE

 

Quizás estéis pensando que he exagerado un poco para hacerlo más cinematográfico, pero salvo por  lo del escupitajo final, os juro que todo ocurrió tal cual acabo de narrarlo.

Si vosotros también estáis hartos de frikis metomentodo obsesionados con hacer de la razón, el sentido común e incluso la realidad un cortijo para sus disfunciones, y queréis un mundo en el que vuestros perros puedan corretear alegremente por el monte como un runner más, sin que ninguna señora vocinglera incapaz de comprender que levantar a un perro en brazos equivale a lanzar una bengala para que los demás le salten encima, os invito a seguir mi ejemplo e iniciar una revolución a lo Braveheart por todo el país.

Personalmente creo que hay pocas causas más nobles que luchar por atar en corto a este tipo de personajes, y estoy convencido de que Mel Gibson, tal y como es, suscribiría mis palabras al cien por cien.

¡Podrán quitarnos las ganas de salir a pasear con el perro, pero nunca nos quitarán la libertad de soltarlo por el monte!

¿Qué decís? ¿Os unís al levantamiento?

Dejad vuestros comentarios ahí abajo y vamos mirando con calma cómo lo organizamos todo.

Floyd y yo, entretanto, seguiremos metiéndonos en líos durante nuestros paseos para así disponer de más material con el que cubrir la sección en nuevos posts.

¡Hasta la próxima escena!

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